Por dejar las cosas claras: si no fuera por falta de sitio, yo montaba el cementerio nuclear en el jardín de mi casa. Hasta donde yo sé, es tan peligroso como lo puede ser una central térmica pero menos contaminante; y si no que se lo cuenten a los amigos de La Robla. Lo que realmente está dejando claro este asunto es que una vez más el Gobierno se equivoca de pies a cabeza poniendo de manifiesto unas cuantas evidencias. Por empezar, la debilidad de un Gobierno que no se atreve a tomar decisiones sobre qué lugar es el más propicio para acoger esta instalación. Por seguir, los intereses puramente electoralistas de los inquilinos de Moncloa, dispuestos a permitir un bochornoso espectáculo circense y mercadeo entre localidades con tal de no mojarse y perder un puñado de votos en la decisión. Es decir, que da igual que los de abajo discutan y se enfrenten mientras yo no exponga la cara, ande yo caliente... Por finalizar, el doble rasero con el que siempre toma las decisiones Zapatero, quien, tras avalar todos los expertos la continuidad de Garoña y decidir cerrarla por sus huevitos, ahora nos cuenta que para la ubicación del cementerio lo que digan los entendidos que para eso saben mucho de eso.En un pais normal, con un Gobierno realmente legitimado y respaldado por sus ciudadanos, el Ejecutivo habría tomado la decisión ateniéndose a los criterios que estimase oportunos sin abrir el proceso a una subasta entre municipios. Porque al final, pasa lo que pasa, cuatro alcaldes lanzados se tiran al monte buscando el mejor beneficio para los suyos y ya está el lio montado. Matavilla de arriba se enfada con Matavilla de abajo porque estos se van a llevar el dinero, el peligro, el empleo y el cementerio mientras que los otros sólo se quedan con el peligro. En fin, que sale el lado más casposo de la España de la pandereta, la envidia y la boina pueblerina que es uno de los grandes atrasos de este nuestro país. De repente, nos volvemos a convertir por obra y gracia de Zapatero en el célebre cuadro de Goya en que dos paletos se forran el pellejo a garrotazos. Por eso propongo que lo diriman en un Gran Prix, el pueblo que mejor resista los envites de la vaquilla "Carola, la que nunca enviste sola", se queda con el cementerio nuclear.Por cierto, que les pregunten a los vecinos de Garoña lo mal que les ha ido con las radiaciones de dinero, las mutaciones de empleo y los perjuicios de revitalizar una comarca.




León tiene capacidad para convertirse en un polo de atracción de alumnos que desean aprender castellano. Tiene esa capacidad por su emblemática historia, por la más que correcta utilización del lenguaje de sus habitantes y por sobrados medios académicos. De la misma forma que la tiene Salamanca que debería ser nuestro espejo y a la vez más próximo rival en esta materia Y eso supone mucha pasta, muchos dólares. Sin embargo, en León somos más papistas que el Papá y así nos luce el pelo. Llevamos de emisario a nuestro aspirante a pardal (de pueblerino, se entiende) más representativo del Reino que lo mismo se calza una boina que un birrete si sale a tanto la hora. Aparece Abel digo, para vender no el castellano que eso está muy mal visto en su tierra, si no el leonés, esa lengua olvidada por arcaica y oxidada. Una pieza de museo que debemos conservar como oro en paño tal y como lo que es: una reliquia de la que hablar y lucir con orgullo. Lo que no podemos pretender es que seguir trabajando con rocas de sílex por mucho que las hallemos expuestas en Altamira. Del leonés, por suerte o por desgracia, se puede hablar pero ya no es posible hablar con él o a través de él. Hace tiempo que dejó de ser una herramienta para convertirse en una delicada pieza.






